Dr.Ángel Rodríguez Cabezas: médico humanista
El alba es la primavera del día. Luz primera que anticipa la vida. Prólogo del silencio abierto. Tiempo y hora en que el doctor Ángel Rodríguez Cabezas emprendió su último viaje, dejando tras de sí la huella serena de una vida entregada a los demás.
La muerte de un amigo es un ciprés que acaricia el cielo. Un dolor con raíces. Las lágrimas que riegan el recuerdo. Una ausencia que crece por dentro y, al mismo tiempo, una presencia que se queda para siempre en la memoria. Porque hay afectos que ni siquiera la muerte consigue desterrar.
Conocí a Ángel poco después de llegar a Málaga. Él ya era un maestro. Vicepresidente del Colegio de Médicos de Málaga, escritor reconocido y, sobre todo, un hombre al que muchos acudían buscando consejo y palabra. Yo apenas comenzaba mi andadura en esta ciudad. Me descubrió a través de mis artículos en SUR y, casi sin darnos cuenta, nació entre nosotros una amistad profunda. Me abrió las puertas de su casa, de su familia y de su magisterio sin pedirme nunca nada a cambio. Ángel daba porque esa era su manera de estar en el mundo. Su generosidad no era una virtud más, era su verdadera riqueza, el tesoro que repartía sin miedo a quedarse nunca sin él.
El doctor Rodríguez Cabezas me enseñó a entender que ser médico humanista es, ante todo, una forma de estar en la sociedad. No es un añadido circunstancial. No es una foto en una rueda de prensa. Es una opción personal y profesional, una manera de mostrarse ante quienes acuden a uno. No es cosmética con color de cultura y aroma de esnobismo. Es compromiso con las personas y una apuesta radical por una determinada forma de entender al hombre y la vida.
El médico humanista no contempla el legado recibido de su civilización como bisutería intelectual, sino como una herencia que tiene el deber de cuidar y transmitir. Apostar por el humanismo es apostar por una forma de vida construida sobre valores y por el deseo de que nuestro paso por el mundo deje poso. Nada más alejado de esa hoguera de vanidades en la que tantos médicos se adentran por afán de notoriedad o por una idea equivocada del prestigio profesional.
Cuando ejerzo mi responsabilidad como vicepresidente del Colegio de Médicos de Málaga, me fijo en su trayectoria fecunda y alejada del foco, en la que tejió ese buen paño que no necesita escaparate para demostrar su valor. Ángel entendió siempre que las instituciones se engrandecen desde el trabajo callado, la lealtad a los médicos que representaba y el servicio, no desde la exposición permanente. Nunca necesitó ocupar el centro para dejar huella. Le bastaba con estar, hacer y ayudar. En tiempos de ruido y de vanidades, su ejemplo recuerda que también existe una forma serena de ejercer la responsabilidad: servir sin exhibirse y construir sin reclamar para uno mismo la obra levantada entre todos.
Nos vimos hace apenas unas semanas, precisamente en el Colegio, y nos abrazamos sin saber que aquel abrazo llevaba escondida una despedida. Yo siempre estaré en deuda con Ángel y con su familia, pero su legado no me pertenece solo a mí ni a quienes tuvimos la fortuna de quererlo, pertenece también a Málaga y a la Medicina. Debe ser conservado como ejemplo de que se puede ejercer el magisterio desde la humildad, alcanzar el prestigio sin perseguirlo y dejar una huella profunda sin necesidad de hacer ruido.
Y ahora, cuando las palabras empiezan a quedarse pequeñas, acudo a Emilio Prados para despedir al amigo y al maestro: «Adónde vuelas, / arriba adónde escapas, / por dónde va tu carne / sin vista ya y sin tacto, / sin calor, viva, pura, / eternidad latiendo, / cielo ya toda y árbol». Quizá eso sea finalmente la muerte para quienes han vivido dejando tanta luz en los demás, no una desaparición, sino otra forma de permanecer.
Dios te acoja, querido Ángel. Tu amistad, tu ejemplo y tu magisterio seguirán latiendo entre nosotros. Me quedo aquí, solo con mis lágrimas. Descansa en paz, querido amigo.