Pablo Alcántara Aranda

Pablo Aranda era el sábado en una columna. El sol que ilumina la mañana que no mira el reloj. La vida sencilla que triunfa en una sonrisa. La literatura sin prisa, el columnismo erudito y jocoso.


Durante años he compartido con él páginas y afanes cada sábado en Diario Sur. Sus historias eran siempre cercanas, alejadas de los efectos de la literatura “light”. Era exquisito en el trato con los personajes que habitaban sus columnas, y el resto de compañeros nos sorprendíamos semanalmente ante la originalidad de su propuesta periodística.
Cuando falleció el maestro Alcántara, todos sabíamos que Pablo antes o después sería el que ocuparía la última página del periódico. Con menos versos y mar que nuestro decano, compartía con él las arrobas de su literatura, su jocosidad y , sobre todo, su bondad. Tenían la misma obsesión por el detalle que el resto de los mortales no vemos y que ellos elevaban a categoría. Sólo el tiempo ha truncado esta sucesión necesaria en el columnismo malagueño.
Una tarde de marzo, cuando en los hospitales luchábamos frente al maldito coronavirus, recibí un mensaje suyo en mi móvil. No me necesitaba como compañero columnista, sino como médico amigo. Desde ese preciso momento me encontré con el Pablo Aranda hombre. Junto a su mujer Ángela, lo acompañé en esta travesía del desierto que es la enfermedad. Pocos conocen la dignidad con la que se enfrentó a la misma, con una entereza que nos ayudaba a todos. Tanto el Dr.Rámírez como el Dr.Alba intentaron todo lo humanamente posible. El enfermo siempre busca no sólo al buen médico, también necesita al médico bueno. Nosotros encontramos en él al buen paciente y al paciente bueno. Su delicadeza y humanidad superaron con creces la imagen que teníamos de él de gigante literario. Nunca olvidaré su fortaleza frente a la adversidad.
Amanecimos este sábado no con su columna sino con la noticia de su partida, y entonces recordé el final de su novela “La distancia”: se arrodilló junto a su cama y le cogió una mano. De nada, mi vida.
Descansa en paz amigo y maestro.

 

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