Paseo Marítimo

Málaga es una bronca de camareros. Un crucero con prisa preocupado por los caballos al sol que están junto al paso de cebra. Una acera por limpiar, una obra que nunca acaba, unas palmeras con cotorras y sin escarabajos.

Unos gatos que comen pienso y beben agua cada día que les pone la viuda del cuarto. Un terral con olas frías  y aire que pesa como el plomo. Una playa con duchas y sin arena. Un mar que fue Mediterráneo y ahora se encuentra encerrado en una oficina de venta de pisos.

Nos queda la luz que siempre huyó del caos. Ese sol que evita a los edificios, que dibuja nuestro balcón y se cuela en nuestras vidas. La luz en Málaga es paisaje, el fondo de una ciudad que se emborracha entre bombillas pero que vive bajo la suavidad de sus dictados. No hay ciudad para tanta luz, por mucho que conspire el cemento y sus hacedores. La luz pinta cuadros, escribe poemas, ilumina a las personas. Busca cada día acariciar las flores y mostrar desdén por el césped. Es verdad que el verde industrial es un descubrimiento burgués y la naturaleza no se refleja en él. El mar no abandona su papel de espejo de esa luz que imprime carácter y alimenta espíritus.  Málaga es luz por descubrir.

No hay ciudad sin su olor. Málaga huele a jazmín. En su aroma recuperamos nuestra infancia, redescubrimos la grandeza de lo pequeño, la vida despreocupada de lo bello. Cuando uno sueña con una  biznaga quiere recuperar el niño que fue, intenta que habite de nuevo su casa, tan obesa de trastos sin alma. La luz y el aroma de Málaga es lo único que no se puede comprar ni vender. Cuando a diario desaparecen ambas, la ciudad se hace lenta e impersonal. Entra en su propio laberinto sin referencias, y la salida se convierte en una tarea que siempre abandonamos. Muchos anhelamos el sosiego que no viaja en vagones de metro oscuros y fríos, el pasar de las horas sin sillas ni sombrillas de playa, la brisa que da vida y no conoce al aire acondicionado, las palabras que acarician y no hieren, la mirada que nos acompaña, el tacto de los nuestros, el silencio conquistado, la belleza que está por sorprendernos, la eternidad en la que nos reconocemos.

Málaga no es un paseo marítimo conquistado por los perros y los patines eléctricos, una carrera urbana con el tráfico cortado, una terraza con mesas con publicidad, un plano turístico, o un espeto de sardinas de Castellón. Málaga es una luz que conozco y que comprendo, como dejó escrito el eterno Manuel Alcántara.

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