La voz a ti debida

Todo está más que escrito. Uno en la distancia no puede ganar ninguna batalla, me repito cada mañana cuando llego al hospital. La longitud de sus pasillos me desafía sin disimulo. Leo en mi bata mi nombre para saber que soy yo y que no puedo huir.

La medicina me ha dado muchas oportunidades para dejarla, pero nunca lo he hecho. Abro la puerta de una habitación y descubro el peso que debo soportar.  Caigo en la cuenta que soy el elegido cuando sería más fácil dedicarme a otra cosa. En ese aparente abismo en el que me adentro a diario es donde comienzo a reconocerme . Se obra el milagro y entiendo que el dolor es el que me reclama. Cada palabra compartida con el enfermo, cada roce con su piel, cada mirada de complicidad, me prestan la fuerza que necesito. Repito cada uno de sus nombres para saber que no estoy sólo. Cuando alguna mañana me pierdo, sólo tengo que buscar su compañía para mirar el día con ojos amables.

Vivo de prestado, y esa es mi fortuna. La medicina me permite enfrentarme al silencio impuesto por el dolor y el sufrimiento. Uno lo pierde todo por ella, pero también lo gana todo, incluso el derecho a alzar la voz. Porque junto al enfermo puedo proclamar que dentro de la vida hay otra vida, la que viven ellos, que es una quietud por descubrir, que pesa como el plomo y que los hace presos de sus caprichos, y es a la que me enfrento desde la ciencia y el humanismo. Sé que muchos no lo entienden, pero mis pacientes sí. Junto a ellos mido con nuestra mirada las dimensiones de la fiera, y convertimos en humana la enfermedad. Ese es nuestro triunfo.

En este mes de agosto con su olor de mañana, acabo mi séptima temporada en el sitio de mi recreo. La política ha ocupado demasiado lugar en mis columnas, creyendo que su actualidad es la única realidad. Y no es verdad. Me reconozco en las historias discretas y heroicas de cada uno de mis pacientes que con dignidad miran cara a cara a su enfermedad cada día. También en  los familiares que tienen mil motivos para desesperar pero prefieren escuchar y acompañar. Ellos me reconocen en mi literatura, pero no es justo que ellos no formen parte de ella.

Que sepan todos que esta es la voz que les debo. Les vienen grandes sus corazones a sus cuerpos como diría la genial poeta Pilar Paz Pasamar. El humanismo en un médico no es otra cosa que hacer justicia a la realidad de la persona enferma. Omnibus est (todo esta dicho).

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