María Luisa Eutanasia Carcedo

La eutanasia es la muerte sin alma. Un final con frío de leyes y compasión de hojalata. Un morir contigo pero sin mi. Bisutería intelectual que desprecia la experiencia de siglos de la medicina. La excusa del poderoso.

En el invierno parlamentario de las tardes sin luz, la mayoría “socialcomunistasecesionista” no se conforma sólo con repartirse el botín de los últimos presupuestos generales del Estado, sino que se afana en tejer leyes sin alma. Conocimos la ley de educación, esta semana la de eutanasia, y le seguirá la reforma del Código Penal y así hasta el infinito.

María Luisa Carcedo acaparó el foco de la actualidad estos días por ser la ponente de la funesta ley aprobada sobre la Eutanasia. Fue una pésima ministra de Sanidad y tan triste fue su paso que hasta Pedro Sánchez la relegó al anonimato. La nueva norma aprobada es un bodrio en lo formal y una injusticia en lo humano. No da respuesta a ninguna demanda social real; mezcla las churras del suicidio asistido con las merinas de los cuidados paliativos; no cuenta con los médicos, como la Organización Médica Colegial ha denunciado, aunque no duda en situarlos en el centro de la tormenta, y  finalmente se las da de garantista cuando conocemos el compromiso real del gobierno Sánchez-Iglesias con los vulnerables en esta pandemia. La  triste realidad de los ancianos fallecidos en las residencias habla por si misma.

Esta ley no representa ninguna conquista social ni reconoce ningún derecho fundamental, sólo señala sin rubor que existen vidas que no merecen la pena ser vividas. La experiencia holandesa nos muestra  que  se comienza atendiendo a la excepción y se llega a la claudicación. María Luisa Eutanasia Carcedo representa la España de las diecisiete navidades que el parlamento ha vendido en almoneda.

 

 

 

 

 

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