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Programa Humanitas: La ciudadela de A.J. Cronin

El Dr.Joseantonio Trujillo, promotor del movimiento Medicina Basada en el Humanismo, propone con su Programa Humanitas, la lectura de una serie de libros que pueden acercar a cualquier médico al océano del Humanismo. En este vídeo recomienda la lectural del "La ciudadela" de A.J.Cronin.

 

Programa Humanitas: El maestro de almas de Irene Nemirovsky

El Dr.Joseantonio Trujillo, promotor del movimiento Medicina Basada en el Humanismo, propone con su Programa Humanitas, la lectura de una serie de libros que pueden acercar a cualquier médico al océano del Humanismo. En este vídeo recomienda la lectural del "Maestro de almas" de Irene Nemirovsky.

 

Programa Humanitas: Mortal y Rosa de Francisco Umbral

El Dr.Joseantonio Trujillo, promotor del movimiento Medicina Basada en el Humanismo, propone con su Programa Humanitas, la lectura de una serie de libros que pueden acercar a cualquier médico al océano del Humanismo. En este vídeo recomienda la lectural de "Mortal y Rosa" del autor Francisco Umbral.

Tiempo de rebajas

La vida es un precio tachado en tiempo de rebajas. Nos han convencido de que es el pasado. La realidad debe ser lo que queda tras el descuento para que sea verdad. Así la vida se edulcora, se cosifica y al final se pone en venta. Se empieza por comprar cosas para el hombre hasta que nos encontrarnos con nuestra propia humanidad en venta. Las rebajas no son otra cosa que el espejo de nuestra sociedad consumista y vulgar. Necesitamos comprar a toda costa, creyendo  que somos dueños de nuestras propias gangas.

Las rebajas de enero son la nueva oportunidad para seguir gastando el dinero que ganamos en nuestros trabajos grises y sin alma. No comprar en este tiempo te excluye de pertenecer a esa ciudadanía políticamente correcta, que muestra su botín con descuento en su Facebook.

Si uno lo piensa, las rebajas no son otra cosa que la consecuencia lógica de un vivir en el corto plazo. Liberados de toda la pesada carga de la crítica que concede la educación, uno comienza por transigir con las obligaciones morales y éticas que le conceden al hombre poso, y acaba comprando los calzoncillos diez céntimos más baratos, aunque tenga que invertir toda una tarde de su vida. Nuestros espíritus comenzaron a adquirir la consistencia de los flanes cuando nuestras metas comenzaron a ser de escasa altura y nos enamoramos de la cultura “low cost”. Si nuestros propósitos para el nuevo año no superan la dificultad de inscribirse en un gimnasio, no podremos después enfadarnos, si al final todo nuestro éxito queda resumido  en el descuento que encontramos en la ropa deportiva que nos compramos para tan inabordable misión.

En tiempos de rebajas, todos engordamos las cifras del listado de victimas del consumismo que crece cada año con una voracidad que no tiene fin. Los expertos nos dicen que hay que alentar el consumo para dinamizar nuestra economía para que ella nos garantice nuestros propios puestos de trabajo. La telaraña es tan grande que si uno decide no consumir y no ceder ante la dictadura del tanto por ciento de descuento, se convierte en una especie de antipatriota. Sin la décima camisa blanca en nuestra armario no somos buenos ciudadanos.

No quiero que  mi vida se convierta en una tarjeta de descuento, con treinta días para devolver lo que no me gusta, y con financiación a doce plazos sin interés. Deseo en este tiempo de gripe, que ser austero no sea tan caro y que ser consumista no merezca la pena, claro que con el permiso del maestro Sabina.

 

 

Experimentos con la ilusión

La ilusión es una matrícula par en la España del 31 de Diciembre de Carmena. La obligan a dar la media vuelta cuando dispuesta quería despedir el año al son de los cuartos y las campanadas. La menesterosa ilusión     busca la salida de emergencia de una sociedad con demasiadas bombillas y poca luz, en un diciembre hortera y glotón.

Hubo un tiempo en el que la ilusión  combatió  al fatalismo, al determinismo y la parálisis. Los ciudadanos no se querían rendir y no se tragaban el relato escrito por los vencedores en la crisis. Esa esperanza de poder cambiar el signo de la historia se desvaneció cuando la ilusión comenzó a formar parte del discurso nihilista de determinados políticos. La ilusión es a la política en estos momentos, lo que la contaminación a los números de las matrículas de los coches.

En la España de los funcionarios en alpargatas y  los cocineros con estrella , es demasiado frecuente observar como determinados políticos se adueñan de la palabra ilusión y la hacen omnipresente en sus discursos. La desnudan, la manosean, la repiten, la vacían, la transforman, la anulan. Por ejemplo, Iñigo Errejón, ese cadáver exquisito de la formación morada, se atrevió hace unas semanas con un manifiesto titulado “Recuperar la ilusión. Democracia para ganar”. Sin duda, retorcía a la pobre palabra por enésima vez y le pedía un servicio postrero. Pretendía que hiciera de tirita  en un escenario de confrontación fratricida con métrica de ciento cuarenta caracteres, y en el que puede quedar un solo gallo. Bien pudiera haber sido Errejón el mirlo blanco de un PSOE a la deriva, pero se equivocó de puerta tras el 15 M.

Nunca me gustó la ilusión parida por los hijos políticos del resentimiento, ya que éste siempre ha bloqueado a lo largo de la historia la salida a la dimensión auténticamente humana de los problemas, ya que les sustrae su futuro.

Es más necesario que nunca despreciar la ilusión y esperar al ironista melancólico. Esa especie de ciudadano dueño de su libertad que no cae en los enredos de los afectos y las sensaciones, y que no sucumbe a los cantos de sirena de nuestra democracia sentimental, como bien ha escrito el malagueño Manuel Arias Maldonado en su último y sesudo libro.

Las promesas de las doce uvas de la suerte no son otra cosa que experimentos con la ilusión que se quedan en un pellizco de monja al lado del secuestro que la política ha hecho de ella.

Deseo que el 2017 nos haga justicia.

 

 

 

 

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